'Holy Motors', vivir el cine


Aquello que separa el comienzo del final de una película suele ser habitualmente una narración. Estamos acostumbrados a que la decisión del autor se dé únicamente acerca del relato en cuestión y a que solo retuerza la citada línea para llegar a una conclusión previamente acordada. Por lo tanto, los juicios más importantes del creador no radican tanto en el proceso de creación como en la forma en la que se cuenta y se presenta. Léos Carax se salta este principio tan extendido, su objetivo no es que puedas seguir la narración de la forma tradicional sino que vivas el momento clave de la creación, la transformación de un ser, de un personaje, de una persona, de ti mismo.

Holy Motors, el último experimento de Carax, premiada en Sitges y seleccionada en Cannes, es el mejor ejemplo actual de reivindicación desde el arte. Carax nos presenta una maravillosa locura que es un movimiento en sí mismo. Olvídense de manifiestos, métodos y teorías, este realizador francés crea y se posiciona a la vez. Su pensamiento es la obra, la obra es el reflejo de lo que él ve y de lo que quiere transmitir. Algunos momentos son brochazos, otros, danzas que rememoran ideas pasadas. Holy Motors convierte a Kylie Minogue en la referencia femenina de la Nouvelle vague, mientras Denis Lavant encarna la despersonalización del ser enfundado en un traje de motion capture; y una modelo, Eva Mendes, yace oculta tras un burka.

El escenario principal, el único que vemos repetirse una y otra vez, es el interior de una limusina. Al igual que en Cosmopolis de David Cronenberg, Lavant (el señor Oscar en el filme) encuentra en ese automóvil lo más parecido a una casa. La poca intimidad de la que disfruta está ahí dentro, es donde se transforma, donde cambia, donde se deprime y donde estudia su siguiente personaje. Pero, ¿qué separa la realidad de la ficción? ¿la puerta de la limusina? ¿es el señor Oscar otro personaje? ¿qué parte de ficción hay en cada escenario, en cada persona con la que charla? Estas preguntas se las realiza una y otra vez el espectador a lo largo de la película, pero no encuentra ninguna respuesta que le satisfaga. El público espera encontrar una explicación similar a la que le han ofrecido en experiencias anteriores.

Las películas comerciales, los informativos, los best sellers... tratan continuamente de autojustificarse, nos dan mil herramientas para que desechemos toda ambigüedad. Sin embargo, el arte no puede venderse en favor de la superficialidad de la respuesta sencilla. El arte debe escapar de aquella casa que nos mostraba Giorgos Lanthimos en Canino, que es lo más parecido a lo que vivimos hoy en día. Cada día nos dan más respuestas, nos dejan menos lugares de libertad intelectual. Todo se va cerrando en cuanto a las reglas establecidas de un modelo rancio, sin imaginación y agotado. Y, por desgracia, ese modelo cada vez es más simple. Carax no apuesta por seguir alimentando la lógica actual, cree en la ambigüedad y desprecia a los que han subestimado el pensamiento. Los blockbusters serán sencillos, los informativos superficiales y la economía simple, pero el ser humano no lo es. Todo comienza en una sala de cine, donde los espectadores duermen, se oyen cosas, y todo nos resulta extrañamente familiar, como si Orwell hubiera hecho el prólogo y Carax continuara la historia.
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