El arte se esconde en el terror


Cuando hablamos de Halloween en España se producen habitualmente dos reacciones, los que deciden incorporarla simplemente porque les gusta la cultura americana y los que la rechazan justamente por su animadversión hacia estas mismas tradiciones. Realmente el origen de esta fiesta no está en Estados Unidos sino en el pueblo celta, pero lo que sí es cierto es que los disfraces al estilo carnaval y el pasearse por las casas buscando golosinas es más propio de los países anglosajones. 

Mi objetivo hoy no es analizar este debate sino valorar un punto a favor de la noche de Halloween, el cine. Antiguamente los autocines y las salas se llenaban de espectadores dispuestos a disfrutar de una sesión de buenas películas de género. Desde mi punto de vista, ese momento de reunión de personas de todas las edades en torno a un mismo tipo de cine me parece una idea que trasciende del mero sentido comercial y se introduce en los deseos más profundos del ser humano. Sé que esto puede parecer una reflexión un tanto exagerada en torno a un tipo de filmes injustamente infravalorados hoy en día, pero recuerden que gracias a estas películas, donde la experimentación en muchos casos ha sido continua, se ha conseguido el desarrollo de toda una industria cultural de grandísima calidad. Desde Coppola a Stone o Scorsese, Bogdanovich y De Palma, una larga lista de creadores hoy en día reconocidos por todos empezaron desarrollando obras maestras, historias nuevas y frescas destinadas a satisfacer ese amor por el cine de género.


La película que yo este año quiero recomendar, una vez pasada la noche de las brujas, es El tren del terror, de Roger Spottiswoode. Uno de los slashers imprescindibles de la década de los 80 que, tras La noche de Halloween y muy influido por el giallo italiano, presenta lo que supuestamente ya habían contado numerosos directores de forma diferente, novedosa y cuidada. No es un simple filme de sustos y crímenes, es también una master class de fotografía de John Alcott, responsable de títulos como 2001: Una Odisea del Espacio (Stanley Kubrick, 1968) y una muestra valiente de montaje, que recuerda a algunas de las películas en las que Spottiswoode trabajó con Sam Peckinpah. Es importante revisar estos pequeños clásicos ochenteros porque a veces los prejuicios pueden hacer que perdamos la oportunidad de encontrar referentes artísticos extraordinarios, que en ocasiones se esconden donde menos te lo esperas.
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