'La vida de Adèle', la película que nos devolverá la verdadera libertad


En un momento político y social en el que el fatalismo y la resignación se han adueñado por completo de la opinión pública, existe todavía un lugar en el que se puede encontrar esperanza, futuro y libertad. Pero no esa libertad que definía Milton Friedman en la que la decisión personal, muy al contrario de lo que él supuestamente predicaba, valía bastante poco. Yo me refiero a otro concepto mucho más profundo, aquel en el que los seres humanos son capaces de evolucionar desde ellos mismos, de dentro a fuera, y no son prejuzgados por comportarse de una forma determinada.


De esa libertad es de la que nos habla La vida de Adèle, Palma de Oro en Cannes y posiblemente una de las mejores películas que se han hecho y se harán en esta década. La obra no es un discurso moralista y estandarizado acerca de la decadencia social, es mucho más honesta que cualquier manido argumento que salga de la boca de nuestros actuales dirigentes, es un grito a pensar en nosotros mismos como personas y no como instrumentos al servicio del capital. Abdellatif Kechiche nos dice que somos libres para amar, que podemos tomar decisiones y que serán esas decisiones las que marquen nuestra vida. 

Puede parecer algo lógico, sin embargo, hoy nos encontramos muy alejados de realmente poder plantearnos las claves importantes de la vida. Se ha impuesto un sistema en el que se nos encierra en un círculo sin posibilidad de pensamiento. Cuando vamos a un acuario siempre encontramos una pecera alargada en forma de tubo en la que un gran grupo de sardinas dan vueltas sin descanso. La mayoría social se encuentra dentro de esa pecera, alienada con fútbol, cine de acción y comedias repugnantes, fuera de ella está el pensamiento, la crítica y el progreso. La pecera ofrece una moderada felicidad que, sin garantizar grandes expectativas, no defrauda a los conformistas. De esta forma, aún sabiendo que existe otro mundo fuera del acuario, muchas personas prefieren seguir dando vueltas, porque al fin y al cabo es lo que conocen. No quieren sentirse obligados a analizar si realmente es ese absurdo objetivo la razón por la que han venido al mundo.

La emocionante historia de Adèle, la cotidianidad con la que está contado el filme y las magistrales actuaciones de Adèle Exarchopoulos y Léa Seydoux son una llamada de urgencia a aquello que somos realmente. El amor, por encima de cursiladas y estereotipos hollywoodienses, es el sentimiento más fuerte, el que más libre nos hace a los seres humanos. No podemos vivir sin amar, igual que no deberíamos poder vivir sin pensar. Sin embargo, se nos ha vendido un amor superficial, terriblemente conservador, que está llevando a las personas a volverse absolutamente imbéciles. Es curioso porque se aceptan los pretextos de la actual pseudoliteratura adolescente hasta llegar a convertirse en éxitos en las carteleras, con estrellitas de un día y guiones de risa; pero, cuando un director nos habla de forma directa y franca del sexo, la gente se indigna, se asusta en la sala y provoca una debate ilógico sobre los límites de la representación. 
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