Les presento a Jep Gambardella


La gran belleza, de Paolo Sorrentino, vuelve sobre aquel hombre posmoderno que nos dejó Federico Fellini tras La dolce vita. Un ser abocado a la nada que es incapaz de llegar a ella. No puede comprender y mucho menos describir el concepto clave de su existencia, el vacío. Jep Gambardella (Toni Servillo) huye de la responsabilidad con cinismo en una Italia en decadencia que, por esa característica, hace juego con el resto de Europa. Gambardella es un escritor de éxito, desinflado por su única novela. Para él, la nada es un espacio de agotamiento, de fracaso, pero, aún y todo, por ese carácter inalcanzable le es apetitosa. Es aquello sobre lo que no consiguió escribir Flaubert.


La vida de Gambardella la completan una serie de peculiares personajes. Un amigo con ilusión de convertirse en escritor teatral pero dirigido y trastornado por la ausencia de vivencias amorosas, una pareja fracasada de sexagenarios que han perdido prácticamente cualquier asomo de romanticismo, una escritora aparentemente muy orgullosa de sus novelas de corte social pero enriquecida en parte gracias a su aparición en el mundo de la telebasura, o una bailarina de striptease cuarentona que sabe que su tiempo sobre el escenario del club nocturno regentado por su padre se está agotando. En su viaje por los contrastes de Roma, una ciudad de calles profundas y terrazas superficiales, también se relaciona con su directora de periódico, una mujer enana segura de si misma; la pareja de ésta, un poeta que solo escucha; un mago que hace desaparecer jirafas pero no personas; un misterioso vecino que vive de negocios sucios; y una anciana misionera, clave en la última parte de la película, entre otros.

Él es medianamente feliz en ese mundo. Trata su fracaso como intelectual con ironía y alcohol, y ve al común de los mortales con cierto respeto pero sin envidia. Aún y todo, hay dos cosas que no puede olvidar: Su primer amor, que cada día le visita representado en un gran mar azul en el techo de su habitación; y la pregunta de por qué no consiguió escribir otro libro. La ausencia de la gran belleza es para Gambardella su justificación para no volver a crear. De esta forma, vaga como un fantasma en el corazón de Roma, como una estrella que se ha apagado y necesita luz artificial para brillar, como Donald Sutherland bajando las escaleras al final de Casanova, también de Fellini. Ambos son dos hombres en épocas ajenas a sí mismos, destinados a la sensibilidad, que rememoran con melancolía aquella Italia de la que siguen enamorados.
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