Crítica: Nymphomaniac (Vol. 1)


Al comienzo de Funny games, una familia de clase alta vuelve a casa entre prados verdes, ópera y juegos hasta que la armonía se rompe y la música cambia para advertirnos de que todo se tornará en una amarga pesadilla. En el caso de Nymphomaniac también sucede algo así. No existe música celestial, solo los sonidos rutinarios y habituales de un barrio. Sin embargo, estos simples ruidos desaparecen, al igual que en el juego musical del filme de Haneke, para dar paso, ahora, a Rammstein. En ambas obras entramos en una atmósfera de dilemas, dudas y descubrimiento en la que el espectador está obligado a participar o a abandonar la sala. Ni Lars von Trier, ni Michael Haneke van a permitir que nadie se mantenga indiferente.


Al citado inicio le sigue una serie de diálogos absolutamente fascinantes que nos van descubriendo los temores y obsesiones del propio autor. Me gustaría destacar una de las conversaciones, la que se centra en Edgar Allan Poe. Al igual que el otro genio de la literatura fantástica y de terror, Howard Phillips Lovecraft, Poe desarrolló todo un universo basado en los miedos más profundos del ser humano. La herencia y la influencia de los antepasados en nuestro comportamiento futuro se pueden ver en prácticamente la totalidad de relatos e historia de ambos autores y, por ello, es tan destacable que el momento en el que Lars von Trier habla del escritor tenga que ver con los últimos días que Joe pasa con su padre moribundo. Los pocos lazos que le unen con una persona más allá del deseo parecen desaparecer. Aún y todo, poco a poco veremos que Joe es capaz de crear nuevas relaciones, cuyo resultado en muchos casos todavía es una incógnita.

El personaje interpretado por Stacy Martin (Joe joven) tiene algo de aquella prostituta que nos mostró recientemente François Ozon en Joven y bonita. Al igual que ella, Joe avanza por un camino de autodescubrimiento en el que se debe definir entre sus límites y los tabúes externos. En el caso de Nymphomaniac el relato da un paso más, ya que al descubrimiento se une el juicio moral de una Joe madura y hundida (Charlotte Gainsbourg) que recuerda su juventud. Si en Joven y bonita el encuentro final con la mujer de uno de sus clientes (Charlotte Rampling) era el único punto de vista adulto en el que podíamos ver o imaginar los pensamientos futuros de Isabelle (la protagonista), en la obra de Lars von Trier es la propia Joe la que muestra su visión con respecto al pasado.

En el campo interpretativo no se puede más que alabar absolutamente a todo el reparto de la película. Stellan Skarsgård, habitual colaborador de Lars von Trier, mantiene una maravillosa ambigüedad entre conversador y voyeur. Uma Thurman y Christian Slater firman sin ninguna duda su mejor interpretación de los últimos años y Shia LaBeouf se desentiende por fin de su eterno papel de héroe impoluto de Hollywood. Por último, el dúo Gaingsbourg - Martin, donde recae la fuerza y la credibilidad del filme, es impecable. Los personajes femeninos de todo el cine de Lars von Trier muestran una aparente debilidad, en ocasiones por cuestiones físicas (como en el caso de Bailar en la oscuridad), psicológicas (Anticristo), morales/religiosas (Rompiendo las olas) o por simple indefensión (Dogville). Sin embargo, debajo de sus carencias sobreviven fortalezas mucho más relevantes que se alzan como la clave de las reflexiones del realizador danés. En este sentido, en Nymphomaniac no solo mantiene su trabajo con los personajes femeninos, sino que también recoge los juegos simbólicos con los que experimentó en su comedia El jefe de todo esto y la reflexión política que ya citó en 1991, con Europa, acerca del futuro moral de nuestro continente. 
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