ESPECIAL: Lobos y excesos


El lobo de Wall Street, el último filme de Martin Scorsese, llegó el pasado viernes a las carteleras. Con gran respaldo tanto por parte del público como de la crítica, la nueva película del director de Taxi driver sigue recogiendo premios y halagos allí donde se estrena. En Diario La Cámara, viendo la gran cantidad de críticas y comentarios que se están redactando, hemos preferido realizar un análisis basándonos en las principales películas que han tratado el descontrol capitalista en los últimos años. Antes de comenzar a hablar de las obras en sí, queremos anunciar a nuestros lectores que ya estamos preparando el Especial Premios Goya y que en las próximas semanas se anunciarán nuestros invitados 2014. En anteriores ediciones contamos con nominados, críticos y especialistas que nos dieron su punto de vista sobre los títulos candidatos. 

Lobos y excesos
Diario La Cámara

En los últimos años, los cineastas han mirado de forma crítica y algo desesperanzada a las razones que nos han llevado a una crisis económica de la que cada día conocemos rasgos nuevos. Los culpables han conseguido retiros de lujo y, aunque parezca una broma, en algunos casos se encuentran dirigiendo las principales carteras de los gobiernos europeos. Efectivamente, el futuro económico de nuestro país está en manos de las grandes y tramposas corporaciones financieras que nos han llevado a millones de desahucios y a cifras inimaginables de paro. 

Jordan Belfort o Marc Tourneuil (El capital, Costa-Gavras) o John Tuld (Margin call, J.C. Chandor) son villanos contemporáneos. Los actuales enemigos del "bien" no son ojos de fuego ni señores con espadas láser, son seres humanos, instintivos, casi animalizados, pero que, en parte, reflejan la decadencia de un sistema. El personaje de Leonardo DiCaprio no es otra cosa que el exceso llevado al límite, representa la aceptación de lo que todo hombre o mujer de bien niega a sus amigos. "Todo es bueno cuando es excesivo", defendían los cuatro estamentos de Saló (Pier Paolo Pasolini) antes de comenzar con sus perversiones. Belford se puede asemejar a ellos porque su poder es similar al que poseían los dirigentes fascistas en Italia. La sumisión en favor de un futuro mejor es lo que les llevó al poder y lo que ha permitido a los entes financieros dirigir nuestra vida.

El exceso, en definitiva, se ha impuesto como una necesidad de prácticamente todas las clases. Para que esto fuera posible se ha tenido que adelgazar la clase media. De esta forma, las personas moderadas han sido apartadas a golpes de su posición y degradadas para que unos pocos puedan continuar en el exceso. ¿A qué nos ha llevado todo esto? A ser respetados en función de lo que uno puede robar de los demás. El exceso no está solo en Belford, está también en los que cogen el coche hasta para ir a por el pan, olvidando el daño que hacen al medio ambiente; en los niñatos que se descargan ilegalmente películas, libros o música sin pensar que eso está negando oportunidades a nuevos talentos; en los independentista que les da igual engañar a su pueblo con tal de mantenerse en el poder... Si una persona roba hoy impunemente en la red contenidos culturales, si es capaz de olvidarse del medio ambiente o le da igual engañar a sus vecinos, ¿cómo podemos saber que el día de mañana si tiene más poder no infringirá de forma cada vez más agresiva la ley?

Pero a la vez hay otras personas, las que quieren sobrevivir. Son personas que se han olvidado de lo que eran. Como aquel trío de comerciales y vendedores que formaban los protagonistas de la maravillosa Ai qing wan sui (Vive L'Amour), de Tsai Ming-liang, o los personajes de It's All About Love, de Thomas Vinterberg, que ven normal sortear los cadáveres por la calle. Este mismo autor, junto a Lars von Trier, también nos mostró una lamentable alternativa a la sumisión, la misma que llevan defendiendo muchos años algunos estados de EEUU: comprar un arma. Los jóvenes de Querida Wendy tenían dos posibilidades: tener una pistola para sentirse respetados o seguir siendo unos marginados en una sociedad machista e inhumana. 

Volvamos a Berlford. Belford hace que William Randolph Hearst te parezca un empresario modélico. Charles Foster Kane, el Hearst de Wells, es un hombre gris, obsesionado por un poder mediático que en muchas ocasiones no tiene una meta clara. En el caso del corredor de bolsa neoyorquino de Scorsese tampoco la meta parece especialmente definida, aunque podemos adivinar que las drogas, el sexo, los barcos o las mansiones se acercan bastante a lo que desea. Su concepción es meramente materialista, como lo son prácticamente todas las recetas que nos llegan de los organismos europeos que nosotros mismos votamos (bueno, solo votamos algunos). Es imprescindible pedir a nuestros dirigentes un punto de vista que trascienda el mero materialismo, porque si no valores como la solidaridad o el respeto desaparecerán. El neoliberalismo salvaje tiene alergia a la cooperación y nuestro actual sistema cree cada vez menos en ella. Es decir, si no volvemos a poner la cultura, el arte y la creación como claves de nuestro tiempo, perderemos todos los valores que hemos heredado durante siglos.

Miguel Suárez
Director de Diario la Cámara
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