Philip Seymour Hoffman, más allá de la actuación


Un músico con complejo de inferioridad, un farsante carismático, un cínico empleado del Partido Demócrata, un agente de la CIA poco discreto, la avaricia personificada, el reverendo Veasey o los peligros del amarillismo periodístico, estos son solo algunos de los rostros de uno de los actores estadounidense más notables de nuestro tiempo. El último concierto, The Master, Los idus de marzo, La guerra de Charlie Wilson, Antes que el diablo sepa que has muerto, Cold Mountain y El dragón rojo son títulos de películas que habrían sido muy diferentes sin la participación de Philip Seymour Hoffman. 

Intérprete fetiche de Paul Thomas Anderson, ganador de un Oscar gracias a su papel de Truman Capote en el filme de Bennett Miller y villano que conseguía incluso convertir una sencilla muestra de acción como Misión imposible III en una obra de interesante visionado gracias a su carisma y a su capacidad para poner la cosas más difíciles al agente Hunt que el típico terrorista de este tipo de filmes. 

Con todo esto no quiero simplemente valorar la carrera de Philip Seymour Hoffman en el momento de su fallecimiento, sino expresar que su pérdida es un duro golpe para el arte cinematográfico. Recuerdo que cuando volvía a casa tras ver The Master no conseguía quitarme de la cabeza su mirada, su forma de hipnotizar al ingenuo de Joaquin Phoenix y su aparente seguridad en medio de la desesperanza.
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