Un infierno extrañamente bello


En plena gira por Francia, la compañía de Emiliano Pellisari visitó ayer una ciudad española, Pamplona. La capital navarra tuvo la suerte de ser el único rincón de nuestro país en el que se ha podido ver la espectacular No Gravity Dance Company en una adaptación de la Divina Comedia, de Dante Alighieri. La representación abrió la temporada de la Fundación Baluarte y recibió una nutrida ración de aplausos que obligó a los orgullosos bailarines a salir una y otra vez a saludar al escenario. 

Hechas las presentaciones, ahora debemos empezar a hablar del espectáculo en sí. En cada uno de los actos (Infierno, Cántica II y Paraíso) los bailarines, a veces dos y en otras ocasiones hasta seis, recrean figuras, vuelan por el escenarios y danzan en una mágica ilusión de antigravedad. Mediante mezclas de música étnica, clásica y tecno, las diferentes historias que conforman el primero de los actos nos presentan un infierno extrañamente bello, en el que son los propios condenados los que nos dan cuenta de los siete pecados capitales y en el que Dante y Virgilio huyen de las llamas gracias a una escalera de seres humanos.

Los cuerpos de los bailarines pierden su identidad para formar, gracias a la cooperación entre ellos, infinitas identidades nuevas, similar a lo que le sucedía al protagonista de Holy Motors, de Leos Carax, al convertirse en un actor de motion-capture en una de las grandes metáforas de nuestro tiempo. En esa despersonalización del ser humano, el espectador puede viajar desde las cinematográficas espirales dadaístas de Marcel Duchamp o la muy influida por éste película de Disney Fantasía hasta la crítica a la política italiana, presente ya en el propio discurso del poema original. Las influencias artísticas son claves para comprender los diferentes cuadros creados por Pellisari, que llega incluso a titular Kandisky al último de ellos. La imagen final a la que asistimos del Paraíso es un canto a la magia terrenal, a la precisión geométrica de nuestro mundo representada por el artista ruso. Un lugar en el que, sin ser tan perfectos como lo que nos rodea, debemos sobrevivir y luchar.

En una de las escenas más maravillosas del cine de Kieslowski, la protagonistas (o una de ellas) de La doble vida de Verónica observa un teatro de marionetas que danzan por el escenario con vida propia. A pesar de que ella descubre el juego, la ilusión que atrapa a los espectadores de aquella pequeña obra es muy parecida a la que ayer se pudo sentir en el Auditorio Baluarte.
Share on Google Plus

About Diario La Camara

This is a short description in the author block about the author. You edit it by entering text in the "Biographical Info" field in the user admin panel.
    Blogger Comment
    Facebook Comment

0 comentarios :

Publicar un comentario