Deja lo mejor para el final


Deja lo mejor para el final. Esta frase, bastante manida, todo hay que decirlo, es una de las reglas de oro del cine de Hollywood y, en muchos casos, fue la clave para que muchas personas mantuvieran una tensión constante durante todo el filme. Aplicada habitualmente para las grandes superproducciones y para los géneros más cercanos a la acción o a las aventuras, ha sido un modelo seguido por todas las obras dirigidas al gran público. 

Con el desarrollo del cine de autor e independiente se ha optado por conceptos más sosegados y la gran explosión final de fuegos artificiales se ha sustituido por escenas más conceptuales, en las que se necesita una actitud mucho más dedicada del espectador para adentrarse en el final y comprender la profundidad que conlleva. Sin duda, es este tipo de cine el que ha permitido el desarrollo de un público que siga creyendo en el arte y no solo en el espectáculo, pero hoy voy a dejar a un lado las grandes obras alternativas de nuestro tiempo y me voy a centrar en la última escena de tres películas maravillosas estrenadas en los años 1950, 1960 y 1970. Cada una de ellas representa el comienzo de una década, pero también el fin de un sistema.


Sunset Boulevard (Billy Wilder, 1950)

Hablar de una de las grandes obras de Billy Wilder es meterse en un verdadero jardín. ¿Queda algo que decir de El crepúsculo de los dioses? Sin bien es cierto que la obra de arte es finita físicamente pero infinita en su significado, se ha escrito tanto de esta película que volver a ella parece una temeridad. Yo solo quiero centrarme en esa última escena de Norma Desmond bajando por las escaleras, poseída por el poder de la fama y mirando a las cámaras de la prensa dirigidas por su mayordomo. Es ella, el gran mito del cine mudo, posiblemente una víctima de la magia del cine, y él, el gran realizador de las películas sin palabras, Erich von Stroheim. Se miran cara a cara. Dos modelos que terminan, el intelectual, que sigue amando la imagen, y la estrella muda, que solo ama lo que fue. Son dos seres que representan un sistema que se esfuma. 

Los mismos que un día los ensalzaron, ahora les dicen que se terminó. La crueldad intrínseca al éxito devora a sus hijos. Sé que con esto no he descubierto América, pero no dejen de leer, esperen un poco, sigamos con las dos siguientes películas, a ver si sacamos algo en claro de todo esto.


Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960)

La segunda década en la que me quiero centrar la abre Alfred Hitchcock. Su desenlace es prácticamente perfecto, ese momento en el que Vera Miles descubre aterrorizada que la madre asesina de la película solo es un cadáver disecado. Sin embargo, aquí no estoy hablando de desenlaces, sino del final de la película. Hasta ese momento todo era inmejorable, los jóvenes talentos del terror aplaudían la sorpresa final, pero la razón por la que quiero hablar de Psicosis es lo que sucede tras esa escena. Me refiero a la explicación de la locura de Norman Bates. Como relata Jason Zinoman en su libro Sesión sangrienta, este momento produjo uno de los debates cinematográficos más intensos y apasionantes de la historia del cine. 

Los creadores del nuevo cine de terror criticaban que Hitchcock hubiera optado por dar una razón a los crímenes de Bates. La decisión del director se plasma en ese último plano, en el que se mantiene una voz en off mientras vemos al psicópata sentado y tapado por una manta. De nuevo, es un plano contra plano, solo que aquí no lo vemos. Es Hitchcock y Perkins diciendo lo que ellos han optado por representar, pero también definiendo lo ya se empezaría a dejar de hacer durante la década de los 60. De nuevo, al igual que con la obra de Wilder, hay un cambio. La esperanza que da saber que todo ha ocurrido por una razón, por una enfermedad mental, desparece para dar a paso a un terror sin sentido, sin justificación, el mal ya no va a ser explicado ni definido.


Scream and Scream Again (Gordon Hessler, 1970)

Por fin llegamos al final del artículo. Sí, Scream and Scream Again, una película de Gordon Hessler, protagonizada por Vincent Price, Christopher Lee y, en un breve papel, Peter Cushing. Posiblemente el gran final no sólo de una película sino de toda una época. En los 60 y 70 cambian los actores y directores, y se rompe con gran parte del cine que realizaron los genios del terror durante años anteriores. Las dos películas que mejor ejemplifican este cambio son El héroe anda suelto, de Peter Bogdanovich, y La semilla del diablo, de Roman Polanski. Sin embargo, prefiero hablar de Scream and Scream Again porque es de nuevo un plano contra plano el que va a definir el final. 

La gran explosión de fuegos artificiales en este filme es únicamente un duelo de miradas entre Price y Lee, no se necesita más, ni efectos, ni explosiones, ni sangre. Sólo ellos dos. Al igual que con El crepúsculo de los dioses son los grandes representantes de una época los que dicen adiós, orgullosos de las obras que nos dejan. Comienzan los 70, posiblemente la mejor década para el cine, y son Vincent Price, Christopher Lee y Peter Cushing los que cortan la cinta y dejan inaugurada una nueva forma de mirar. El arte da paso al arte, con dolor, pero sin rencores ni odios. ¡Viva el cine!

Miguel Suárez
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