'Tren de noche a Lisboa', la esperanza escondida en la lectura


Tren de noche a Lisboa, adaptación de la novela de Pascal Mercier, se estrenó en el Festival de Berlín del año pasado. Desde entonces, muchos deseábamos poder verla en nuestras carteleras. Dirigida por Bille August, responsable también de la adaptación de La casa de los espíritus, y con Jeremy Irons como protagonista, el filme propone un viaje clásico al pasado como forma de encontrar esperanza en un presente banal. 

La palabra esperanza es la clave del filme. La paradoja del cura ateo, la persona que ama y escribe sobre la eternidad pero no cree en ella, solo puede salvarse mediante la esperanza. Por un lado, la de Irons, un profesor divorciado que se arrepiente de sus momentos de genialidad debido a que, según le han dicho todos, era simple y aburrida arrogancia, y, por el otro, la de un joven médico de principios honestos, alistado a la resistencia contra la dictadura de Salazar, pero asentado en ella por la posición de su padre. Como ya he adelantado, la película plantéa una trama clásica que mediante flashbacks mezcla presente y pasado, pero existen ciertas claves que la hacen memorable.

En primer lugar, el amor por el libro en sí, como objeto único y diferenciado. En plena era de Internet muchos discursos apuestan por la eliminación del libro físico y el desarrollo del "revolucionario" libro electrónico. ¿Se imaginan esa escena en la que Charlotte Rampling (maravillosa, luego hablaremos de ella) se emociona porque Irons tiene uno de los 100 ejemplares de aquella publicación póstuma de los textos que recogió de su hermano si el libro fuera electrónico? ¿Tendría el mismo valor? Las palabras no cambiarían, pero el significado añadido del ejemplar moriría. Por suerte, en la actualidad se mantienen las voces que defienden una convivencia de ambos formatos.

En segundo lugar, la pérdida de los ideales y, especialmente, de aquellos que tienen que ver con la lectura. "Mi exmujer me ha pedido que quite los libros del parking de casa para que su nuevo novio pueda meter su coche", ironiza el protagonista en una de las escenas de la película. Si bien esto solo es un recurso para ver lo que le separaba de su antigua mujer, funciona de maravilla como gran metáfora de nuestro tiempo. Cada persona que toma un libro puede encontrar nuevos significados, es más, una misma persona rara vez consigue desentrañar todo lo que ofrece una buena lectura. Sin embargo, hoy en día parece que algo tan simple como el desarrollo técnico de un coche o un móvil son el verdadero avance de nuestro tiempo. ¿Por qué se valora más una máquina con fecha de caducidad cuando seguimos leyendo Fedro y encontrando nuevas interpretaciones?

En tercer lugar, hay otra escena que también me hace valorar de forma muy positiva Tren de noche a Lisboa. Me refiero a aquella en la que encuentran libros prohibidos de Marx, Sartre... Todo lo que les robaba el régimen está bajo una tablilla en su escuela religiosa. Ese momento, en el que lo oculto sale a la luz, es mágico. Hoy, por suerte, no existe una dictadura como la de Salazar que nos prohíba libros, cine u otros artes, pero sí se mantiene un dictadura que nos los prohíbe: El mercado. Un ente absurdo que decide qué películas se estrenan y durante cuánto tiempo. La nueva entrega de una simpleza comercial de carreras de coches llega sin problemas a las pantallas más grandes de la ciudad, pero todavía no sabemos nada de las películas que ganaron (g-a-n-a-r-o-n) en los últimos dos años en el Festival de Venecia. Y no me sirve el argumento de "Para eso está Internet". No señores, el cine debe poder verse en el cine.

Por último, solo quiero añadir los encuentros entre Irons, en uno de sus mejores papeles desde Herida, y otros secundarios magistrales. En el caso de Rampling no podemos más que arrodillarnos en cada uno de los momentos que comparte con el profesor Raimond Gregorius. Nos ofrece su mirada perdida, melancólica y algo confusa que nos ha fascinado siempre, desde aquel perverso amor con Dirk Bogarde hasta el espléndido recital que ofreció a unos pocos oyentes (no porque fuese reservado, sino porque eso de ir al teatro no debe estar de moda) en el Gayarre de Pamplona. A ella hay que sumar otros tres monstruos de la actuación (y sé que a uno de ellos la palabra "monstruo" le hace una ilusión especial): Bruno Ganz,  Tom Courtenay y, por supuesto, Christopher Lee. A sus pies.
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