'Snowpiercer', los mercados y el viajante de Miller


Cuando Michel Foucault se interesó por aquel objeto llamado panóptico, descrito por Jeremías Bentham, encontró en él la gran metáfora del control que ejerce el poder sobre el pueblo. Hoy, casi cuarenta años más tarde, el cine nos ha ofrecido un nuevo panóptico. En esta ocasión es un tren y ya no solo controla a una parte descarriada de la sociedad, sino que también es el encargado de mantener la división de clases. La última película del surcoreano Bong Joon-ho (The Host), Snowpiercer, basada en una novela gráfica de Jean-Marc Rochette y Jacques Loeb, se ha convertido en un revelador análisis de la situación que viven las sociedades contemporáneas.

En ese gran armatoste de metal en el que nos introduce la película hay un vagón que para mí es especialmente representativo de la manipulación que soportamos desde hace años. Me refiero al de la pequeña escuela que encuentran los protagonistas en su revolución a lo largo del tren. Al llegar allí, los niños ven un vídeo en el que se explica la vida del dueño y señor de la máquina. El breve documental que es proyectado a los menores muestra a un hombre hecho a sí mismo, a un gran emprendedor y, en definitiva, a una figura que debe ser adorada. Ese adoctrinamiento en torno al gran empresario no es más que la traducción del falso y manido sueño americano, extendido ya al resto de sociedades que viven bajo el modelo comercial de los Estados Unidos. Sin embargo, Arthur Miller en su Muerte de un viajante ya desveló la realidad oculta tras esa pesadilla que ha atormentado a generaciones enteras durante años y que hoy padecemos en Europa.

"La idea de que el pobre deba disponer de tiempo libre siempre ha sido escandalosa para los ricos", escribía Bertrand Russell en su Elogio a la ociosidad. El planteamiento del matemático y filósofo británico se nos muestra hoy en todo su esplendor. Sin embargo, no lo percibimos porque el capitalismo salvaje se ha preocupado mucho de que los nuevos esclavos no sean visibles para la mayoría. Una vez divididos por vagones los diferentes estamentos, convencen a la clase media de ascender a una categoría superior. Lo que no les dicen es que el camino, cimentado cuidadosamente por ellos, les puede llevar a la ruina y una vez allí el despedazado Estado del Bienestar ya no podrá hacer nada para ayudarles.

Un posicionamiento más radical lo protagonizó José Luis Sampedro, que aseguró en su obra El mercado y la globalización que "la liberalización solo significa libertad real para los más fuertes con mayor potencia económica". Es posible que el liberalismo en esencia no tenga nada de malo, siempre que haya igualdad de oportunidades y que el ciudadano pueda ser libre para generar aquello que desea. Sin embargo, esta utopía tramposa es tan falsa como el vídeo que proyectan en la escuela de Snowpiercer, ya que al final el liberalismo solo es una coloreada mentira de una élite económica que busca dominar al resto de sus conciudadanos. Por eso, lo que hemos vivido desde que las cosas se han puesto tan feas es una marginación inmediata de todo el ámbito intelectual. Los mercados quieren que emprendas pero no que crees. Desean tener masas a las que controlar, ya que son conscientes de que el pensamiento nunca podrán poseerlo. Produzan, compren y consuman, pero nunca jamás se les ocurra crear.

Miguel Suárez
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