El decamerón de nuestro tiempo


No es casualidad que Pier Paolo Pasolini se reservará para sí mismo el papel de pintor en su película de 1971 El Decamerón. La adaptación de una serie de historias de la obra de Giovanni Boccaccio es un gran fresco desarrollado con los impulsos de un creador que debe dejar de comer para ir a pintar cuando el cuadro le llama y de un artista cuya mejor producción se reduce a un sueño. Si Boccaccio consiguió plasmar en su clásico literario todo aquello que iba a atormentar a los poderes fácticos, Pasolini comienza con El decamerón una etapa artística formal e intelectualmente nueva, que no termina con su Trilogia de la vida sino que se mantiene hasta su final, mostrando cómo el materialismo impuesto acaba corrompiendo la pureza de los sentimientos.

Si repasamos las hemerotecas nos daremos cuenta de que muchos de los debates que han surgido en los últimos años tienen que ver con esto mismo. Los cuatro poderes que Pasolini ya describe en Saló o los 120 días de Sodoma y que se han ido adaptando a los diferentes sistemas sin perder ni una pizca de su dominio juzgan al ciudadano por no someterse a su ley. No hablamos de una ley que impide la violencia o la discriminación, sino de aquella que agrede el amor, la creación o la libertad. Hablamos de esas leyes de falsos gurús religiosos que interpretan las escrituras como a ellos les conviene o de esas leyes que dicen que para que todo funcione una parte de la sociedad debe estar esclavizada y convencen a esas personas de que para no tener problemas es mejor que se someta a la mano invisible del mercado. Luego, la premian con entretenimientos banales y promesas que cuando se cumplen ya es demasiado tarde.

Al final sucede como en la obra que nos ocupa, los mayores pecados los acaban cometiendo los fanáticos. Las organizaciones religiosas más poderosas acaban vendiendo a los seres humanos al mejor postor y los liberales no desean realmente que no haya control en el mercado, lo que piden es que no sea el Estado, es decir todos, el que lo regule. Prefieren un autoritarismo de los líderes de las grandes corporaciones. Sin duda, el fresco que hoy pintaría Pasolini sería incluso más cruel que el de Saló, su testamento cinematográfico.
Miguel Suárez
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