En defensa de lo inconsumible


En 1969, el director de cine Pier Paolo Pasolini advierte durante una entrevista de la "mercantilización" de la cultura en Europa y defiende que a partir de ese momento quiere hacer "cine cada vez más difícil, más árido, más complicado, y quizá incluso más provocador, para que sea lo menos consumible posible". Todo ello se puede consultar en el libro Nueva York (Errata naturae editores, 2011), que incluye la citada entrevista, así como un breve ensayo y un interesante prólogo acerca del pensamiento del cineasta.

Lo que en definitiva le asusta a Pasolini es la transformación de nuestro continente en un vacío intelectual al servicio del mercado y del consumismo. Este miedo al fin del pensamiento lo comparte con otros realizadores presentes en el Nuevo Cine Alemán, que nace con un sentido muy similar, y con las etapas posteriores a la Nouvelle vague de diferentes creadores franceses.

El año pasado tuve la suerte de presentar en la Fundación para el Progreso UNIR mi ensayo El consumismo: Pasolini en nuestros días. En dicho texto me centraba en su última película: Saló o los 120 días de Sodoma (1975). Dicha obra es posiblemente la que mejor muestra el párrafo con el que he iniciado el texto. En mi ensayo relacionaba las advertencias que incluye el magistral trabajo de Pasolini con la situación económica, cultural, política y social en la que nos encontramos hoy:

"Pasolini nos invita a un viaje por el exceso [...] Cuatro estamentos deciden sobre lo que debe y no debe hacer esa pequeña fracción de la sociedad que será torturada y finalmente aniquilada en un festín regido por reglas cuyo cometido es impedir que el exceso termine [...]"

"Actualmente estamos en una situación similar a la que citaba el director italiano en 1975. Un modelo de consumo masivo, en el que esos cuatro estamentos, ahora algo modificados, deciden sobre nosotros, nos dicen lo que nos debe gustar, cómo debemos comportarnos y nos animalizan cada vez más, con el único objetivo de que les contentemos y mantengamos su situación de poder. En una de las mejores escenas de esta obra maestra, los líderes explican desde un balcón las reglas del palacio [...] Sin ningún reparo dan a conocer a los súbditos su objetivo: convertirles en animales"


La historia reciente de Europa nos ha demostrado no solo que Pasolini tenía razón, sino que durante los últimos años nos han vendido un sistema que pretende curar su incapacidad para progresar con un consumismo cada vez más feroz. La crítica en la sociedad hacia el modelo actual ha crecido, pero también lo han hecho objetos de consumo absurdos, impuestos para subsanar esa especie de resignación a la que parecemos condenados. Mientras no empecemos a valorar de nuevo lo inconsumible seguiremos esclavizados. No necesitamos una nueva izquierda populista que nos ofrezca promesas imposibles como si fuera un Julio César contemporáneo comprando a sus súbditos, necesitamos poner como clave del progreso la culturización y, de esta forma, abrir las puertas a nuevas reflexiones fuera de economicismo tramposo que quiere sacarnos de una crisis para meternos en otra.

Por último, quiero terminar con una frase de Pasolini que define a la perfección lo que he querido transmitir con este artículo: "Uno puede leer miles de veces un libro de poemas y no consumirlo. La consumición la sufre el libro y la edición, pero no la poesía".

Miguel Suárez
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