De Huston a Sokurov: El arte mira al fin


El tema del amor alcanza en el arte y la filosofía su sentido más profundo al unirlo al fin de la vida. Hace unos meses escribía sobre esta cuestión en un ensayo relacionando el pensamiento de Arthur Schopenhauer y la película Amor, de Michael Haneke. Sin embargo, en las últimas semanas me he dado cuenta de que junto al citado filme existen otras dos obras claves para comprender la importancia de este sentimiento universal unido al mayor miedo de los seres humanos.

Las miradas cinematográficas a las que me refiero son Dublineses. Los muertos, adaptación de John Huston de la obra de James Joyce, y Madre e hijo, de Aleksandr Sokúrov. Huston adaptó un fragmento del libro de Joyce en los últimos días de su vida, falleciendo poco después de terminar el rodaje. Por eso, considero que la visión que traslada el personaje interpretado por Donal McCann es una reflexión que trasciende del relato, es el legado de un genio que intenta luchar hasta el final. El cine establece uno de los diálogos más intensos con el ciudadano, durante más de una hora el espectador se deja atrapar en una atmósfera y permite que su pensamiento se una al de un autor. En el caso de Dublineses la cámara de Huston se va deteniendo en planteamientos sociales, políticos y religiosos muy diferentes, pero siempre mantiene el objetivo de conducirnos mucho más allá de todas las irónicas y divertidas discusiones que escuchamos durante la cena central del filme. Todo lo que vivimos en esa celebración irlandesa de 1904 acaba desembocando en una reflexión acerca del paso del tiempo, de los momentos que marcaron nuestra vida y de cómo cada imagen, nota musical o poesía nos devuelve una y otra vez a aquellos episodios.


En el caso de Sokúrov, encontramos de nuevo una historia de amor como esencia para hablarnos de una madre moribunda que pasa los últimos momentos de su vida acompañada por su hijo. Ambos personajes se encuentran inmersos en un fantasmagórico cuadro que es a la vez hogar y prisión. En su cine, Sokúrov camina habitualmente por parajes entre el paraíso y el infierno. Madre e hijo reincide en esta idea y al igual que en la historia que cuenta Anjelica Huston y en la obra de Haneke sugiere que el infierno es la impotencia de no poder parar el tiempo. La incapacidad del ser humano para controlar el dolor de la persona que ama es un hecho que se repite en todas estas obra y que desemboca en una mirada a nosotros mismos, a nuestro momento actual y al amor a un instante que vivirá eternamente, a pesar de que ya no estemos aquí.
Miguel Suárez
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