Cuando el cine dejó de mirar para enseñar a ver

 
Al nacer, el cine empezó a mirar. Poco a poco, como sucede con las personas, fue aprendiendo y pasó de alumno a profesor, desarrollando un modo de observar propio. De esta forma, las películas dejaron simplemente de mirar para pasar a enseñar a ver y a lograr que el ser humano, preso en una rutina de competición agresiva y cruel, pudiera comprender el significado de los silencios.

Muchos me dirán que no todo el cine es así y que examine la mayor parte de las películas estrenadas en las carteleras. Si bien esto es cierto, eso no modifica el significado del arte. Hay personas que mantendrán que no todo el cine es arte y otras preferirán pensar que todo el cine es arte pero que no todas las películas son cine. No tengo el objetivo de responder a esta disyuntiva en este artículo, sino de valorar el cine que sí nos ayuda a comprender mejor nuestro entorno y a nosotros mismos. En concreto, pienso que una de las obras actuales que mejor representa este espíritu es El hijo, de Jean-Pierre y Luc Dardenne. El filme de estos hermanos belgas se estrenó en 2002, año en el que fue presentada y reconocida en Cannes.

La historia que nos cuentan los Dadenne se centra en Olivier, un monitor de carpintería que inicia en el oficio a jóvenes problemáticos. Olivier vive en ese espacio, fuera de él ya no existe nada. Su vida cambia cuando se incorpora a sus clases un nuevo chico, Francis, que fue encerrado en prisión por haber asesinado al hijo de Olivier. Francis no sabe que hundió la vida del que ahora es su profesor y con el que cree estar estableciendo una extraña relación de amistad. Lo que podría haberse convertido en una historia de venganza es un descenso a los infiernos mucho más doloroso, en el que dos personas enfrentadas se van conociendo.

En definitiva, lo que vemos en El hijo muestra ese avance en la manera en la que hoy es capaz de mirar el cine. Las películas han conseguido convertirse en profesores gracias a saber mirar donde ya nadie lo hacia, dentro de las personas. El modelo en el que vivimos no desea que el arte enseñe al ser humano a sentirse responsable de algo más que su función diaria en la gran cadena que ha creado el capitalismo. El orden impuesto marca unas directrices basadas en trabajo y evasión. No hay más, no hay momentos de diálogo, de desarrollo de alternativas o de reflexión. Por eso, es tan importante el cine. Es uno de los últimos recursos que nos quedan para decirle al ciudadano que no está solo en el mundo, que todo tiene una implicación y que no se deje seducir por ese sistema que le esclaviza la mitad del día y le da ‘pan y circo’ para que se mantenga adormilado y callado el resto de la jornada.
Miguel Suárez
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