Robin Williams, el mundo a su manera

Protagonizó dos de las mejores películas de los años 80, se entregó en cada papel, como todo actor no siempre acertó en sus elecciones, pero sin duda se convirtió en un referente de la interpretación a nivel mundial. Robin Williams ha fallecido, no nos importa el motivo, que todavía está en fase de investigación, lo que realmente vale la pena recordar son aquellos momentos únicos que pudimos compartir con él.

Comenzaba este artículo defendiendo que es responsable de dos buenos títulos en la bautizada como peor décadas para la meca del cine. El primero, la comedia Good morning, Vietnam. Bien dirigido por Barry Levinson, el filme supone un regalo para un Williams que desea demostrar sus dotes cómicas y su forma única de expresar las palabras escritas por Mitch Markowitz. Acto seguido llega El club de los poetas muertos, una de las obras más destacables de Peter Weir y un canto atemporal a la importancia de la cultura en el desarrollo humano.

Al año siguiente estrena Despertares, junto a Robert De Niro; colabora con directores de la talla de Spike Lee (Cuanto más, mejor), Kenneth Branagh (Morir todavía), Steven Spielberg (Hook) o Terry Gilliam (El rey pescador); y vuelve a las manos de Levinson, con la extravagante Toys. A partir de aquí, Williams decide seguir probando suerte con el cine familiar y Señora Doubtfire se convierte de inmediato en un clásico de este subgénero. Su responsable, Chris Columbus vuelve a contar con él para la emotiva El hombre bicentenario, que el comediante protagoniza en 1999. Antes de eso, Williams ya es todo un referente del nuevo “cine para todos”, con propuestas originales como Jumanji. Además, suma a su carrera la participación en proyectos de dos grandes realizadores: Mike Nichols y Francis Ford Coppola.

Cambia de registro en 1996 con Christopher Hampton en El agente secreto, para volver rápidamente a la comedia de la mano de Ivan Reitman (Un lío padre) y Les Mayfield (Flubber y el profesor chiflado). Tras tres nominaciones al Oscar fallidas, el preciado galardón llega por fin con El indomable Will Hunting, de Gus Van Sant, y Woody Allen se fija en él para formar parte del peculiar viaje de un escritor en la magistral Desmontando a Harry.

A finales de los 90 protagoniza algunas películas amables que todavía se reconocen dentro del cine familiar (Patch Adams o la citada El hombre bicentenario), para cambiar completamente de estilo interpretativo en cuatro obras muy oscuras y que muestran una cierta mirada a sus propias frustraciones, dudas y dilemas. Esta serie de cuatro películas comienza con la irónica comedia negra Smoochy, de Danny DeVito, y continúa con Retratos de una obsesión, que supone su mejor película en estos años seguida muy de cerca por Insomnio, de Nolan, con Al Pacino y Hilary Swank. Cierra esta etapa la interesante La memoria de los muertos, una distopía moderna sobre la cara oculta de los seres humanos. Vuelve a la comedia en ¡Vaya vacaciones!, pero sin olvidar los tenebrosos papeles que le habían dado las mejores críticas recientes, rodando Voces de la noche. En los últimos años, destaca especialmente por su personal mirada al expresidente Roosevelt en la trilogía Noche en el museo.

Robin Williams dio todo en cada papel, a veces intentando mostrar la cara amable de una sociedad en la que no terminaba de encajar y, otras, dejando hablar a la parte oscura que reina tras el miedo o la inseguridad. Una filmografía en la que pudo expresar una visión del mundo a su manera.
Miguel Suárez
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