Análisis de 'Leviathan', dirigida por Andrey Zvyagintsev


En 1989, George Pan Cosmatos viajaba hasta un buque soviético hundido para dirigir Leviathan, una especie de mezcla entre Alien y La cosa, en la que una creación maligna amenazaba a un grupo de trabajadores de una base minera. En el Leviathan de Andrey Zvyagintsev no hay una criatura experimental, no podemos, como en el cine comercial americano, enfocar todo el mal en un único y sanguinario monstruo, el peligro reside en una codicia que sigue siendo alimentada sin descanso en nuestros días.

Cuando escribí hace unos meses acerca de la última película de los hermanos Dardenne, Dos días, una noche, señalé que "la avaricia de los poderosos es la causante de la opresión, pero es la falta de unión entre los oprimidos lo que permite que se perpetúe en el tiempo". Lo más angustioso en Leviathan no es un alcalde corrupto que hace la vida imposible a sus ciudadanos, sino, como bien dijo Zvyagintsev en el Festival de Cannes, el hecho de que la gente tienda a ver "rivales entre sus vecinos en lugar de amigos o compañeros". La historia de Kolya es la visión de una estructura estatal agresiva y dominada por mangantes, pero también la de otras estructuras más pequeñas igualmente degeneradas y que sí dependen de cada uno.

Además de la obra de los Dardenne, hay otra película que se nos viene a la mente cuando hablamos de Leviathan. Se trata de Un toque de violencia, de Jia Zhang Ke, premiada también como mejor guion en el Festival de Cannes. En ambas, las autoridades miran para sí mismas, pero venden que son imprescindibles para el desarrollo de sus poblaciones. El problema es que venden porque alguien compra. 

En un momento de la película de Zvyagintsev, el alcalde les confiesa a sus hombres de confianza el miedo a no salir elegido en las siguientes elecciones y les amenaza diciendo que si él no sigue al frente del Ayuntamiento, ellos tampoco obtendrán más privilegios. Efectivamente, ese hombre no está ahí por decreto divino, al igual que la competitividad extrema o el consumismo no son impuestos desde el cielo, los traen los corruptos, pero somos nosotros los que decidimos si se quedan o no. 

No solo es votar, no se confundan, se trata de cambiar nuestros comportamientos y hábitos día a día, de renunciar a lo banal y acoger lo esencial, las claves que posibilitan un verdadero cambio. Frente a convertirnos en esclavos para conseguir absurdos objetos perecederos, tenemos la posibilidad de adentrarnos en el arte, en lo eterno, donde residen las cuestiones claves de nuestra vida, la mayoría todavía por responder, y las herramientas para volver a posicionar al ser humano por encima del consumismo.
Miguel Suárez
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