Colaboración: Terrorismo y desarraigo


Terrorismo y desarraigo
por Jaime Aznar*

El asesinato a sangre fría de periodistas y civiles en el área metropolitana de París ha encendido, como no podía ser de otro modo, el debate de la seguridad. No hay capa de la sociedad que no se haya conmovido o indignado con estos atentados, que desde luego no tienen justificación alguna. A pesar de las apariencias, nos enfrentamos a una realidad algo más complicada de la que podríamos esperar.

La amenaza de un enemigo exterior que parecía haber terminado con el final de la Guerra Fría, volvió a hacerse presente en nuestras vidas tras el 11-S o el 11-M. Sin embargo la nota discordante apareció en julio de 2005 con los atentados de Londres. En aquella ocasión el sistema de transporte público de la capital británica fue atacado por un grupo de individuos que, motivados por un afán político-religioso, convirtieron a la población civil en blanco de sus sangrientos planes. Los atentados del 7-J nos revelaron por vez primera la naturaleza de un enemigo que era algo diferente a como lo habíamos imaginado, pues Hasib Hussein, Mohamed Sadique Khan y Shehzad Tanweer habían nacido en el Reino Unido y por lo tanto eran ciudadanos británicos de pleno derecho. ¿Dónde quedaba ese terrorista prototípico de las Torres Gemelas, que venía de lejos para sembrar el pánico en Occidente? Fue a partir de ese momento cuando nuestro enfoqué cambió, cuando realmente comenzamos a hacer las preguntas correctas... Igual acaba de pasar en Francia.

Todos somos conscientes de la importancia del contexto internacional en este tipo de situaciones, puesto que en un mundo globalizado ya nada se produce de manera aislada, pero no todo se decide en Mali, Siria o Yemen. Desde hace décadas un creciente número de desheredados abarrota las grandes urbes, pagando los platos rotos de un triste pasado colonial. A la sombra de esta desidia está creciendo una Europa musulmana y crecientemente proletarizada, que en muchas ocasiones sufre un profundo desarraigo. Ni nuestro sistema educativo ni nuestro sistema de garantías han sido capaces de integrar correctamente a gran parte de una masa que no termina de sentirse cómoda en las actuales circunstancias. Con el paso del tiempo nos hemos acostumbrado a su presencia, e incluso lo hemos asimilado como parte de un paisaje desigual que damos por sentado. Su realidad se ha convertido incluso en icónica. Mathieu Kassovitz dirigió la ya clásica "El Odio" (1995 )sobre la marginalidad en un suburbio parisino, mientras que Romain Gabras narraba en su videoclip "Stress" (2013) las andanzas de una violenta banda callejera proveniente del extrarradio. Forman parte de la cultura popular pero no de nuestra sociedad ¿Cómo es posible?

Pero la realidad es menos lírica, baste recordar los gravísimos disturbios sucedidos tanto en París y otras ciudades francesas a finales 2005. En aquella ocasión el detonante fue la muerte de dos adolescentes de origen africano, a manos de la policía gala. Mucho se escribió sobre aquel incidente sin que los hechos se hayan aclarado totalmente, pero el perfil de aquellos desafortunados muchachos no dista mucho del de los terroristas que han acaparado nuestra atención en los últimos días. Franceses de segunda, de origen magrebí o subsahariano, nacidos en el seno de familias humildes que no encuentran su encaje en la sociedad actual. Su cualificación es baja, al igual que su salario o el rango que ocupan en sus puestos de trabajo si es que los consiguen. Basta una chispa para encender su rabia acumulada, generalmente de forma violenta. Hace diez años quemaban coches o formaban parte de bandas callejeras, ahora también se integran en grupos religiosos que se aprovechan de un desarraigo tan evidente... ¿Seremos capaces de actuar contra la pobreza sistémica y la marginación, de la que se alimenta el extremismo? Estos terroristas no han surgido de un campo de refugiados en Palestina, ni son víctimas de la cruenta guerra civil en Siria. Cuando salen de la Unión Europea para recibir su adiestramiento militar, lo hacen previamente convencidos. La lucha contra el terror que debemos acometer es fundamentalmente la lucha contra las condiciones materiales y sociales que han convertido a una parte de nuestra ciudadanía en individuos desesperados. 

Nada ni nadie puede disculpar estos crímenes, pero también hemos de reconocer que algo malo sucede nuestro Estado del Bienestar y nuestro sistema de valores desde hace tiempo. Resulta preocupante que bajo determinadas circunstancias un fanático religioso tenga más que ofrecer que todo un sistema forjada en el racionalismo, la equidad y la libertad. La integración es nuestra primera línea de fuego contra el terror.
*Doctorando en Historia
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