De 'Babadook' a 'Aflicción': Necesito arrancarme esa muela


Aquellos que tienen la mala costumbre de hablar sobre lo que sienten corren el peligro de toparse con la incomprensión o, peor, con el silencio de una sociedad que ha dejado de escuchar personas para adorar objetos. Seres humanos que no perciben el dolor ajeno porque les han enseñado que son individuos aislados y únicamente responsables de sí mismos. Esto, lejos de provocar una explosión de creatividad y diversidad de ideas, ha degenerado en una masa uniforme y egoísta que sólo se preocupa de su propio bienestar.

Con una comunidad que acepta encerrar a los ancianos en cárceles, en las que esperan como ganado la muerte, mientras el gran problema humano se reduce a un balón golpeado por millonarios; la rabia, el dolor o el arrepentimiento son solo una realidad para los imbéciles que no han querido venderse al gran circo de la banalidad. Ahí, en ese universo, comienza Babadook.


Desde el primer fotograma nos atrapa en una sensación gris, de sufrimiento y miedo, donde han muerto conceptos como la familia o el hogar. La noche, la oscuridad, el momento de pensar a solas en nuestras camas, se convierte en el mayor terror. Estamos solos con nosotros mismos y todo aquello que nos asusta y no hemos podido compartir con nadie se multiplica, recorre nuestra mente y finalmente se materializa frente a nosotros.

Jennifer Kent parte de un suceso traumático, que puede recordarnos a otra obra maestra reciente del cine de terror, À l'intérieur, para describir el derrumbamiento psicológico de su protagonista. En ambas, la madre debe rehacer su vida junto a un hijo que siempre le recordará la perdida de una parte de sí misma. Cuando todo se pone en peligro, esa compleja relación se convierte en el mejor argumento de lucha. 

En Babadook las paredes se agrietan como en Repulsión y Essie Davis necesita deshacerse de esa muela que tanto malestar le provoca al más puro estilo Nick Nolte en Aflicción. Ese maremágnum de rabia, dolor y arrepentimiento que comparte con las películas de Polanski y Schrader acaba obligándole a gritar para expulsar al ser que habita junto a ella, en un sótano, alimentándose de gusanos y haciéndose más fuerte gracias a que una parte de la población, inmersa en su extraordinaria superficialidad, no habla de él.

Miguel Suárez
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