Nadando en el contaminado río Lucinda


Ned Merrill (Burt Lancaster en El nadador, de Frank Perry, 1968) decide cruzar un valle nadando por las piscinas de las ostentosas casas de sus vecinos, antiguos amigos y amantes. Merrill es un ser real, pero no es consciente de la realidad. No concibe que aquellos que un día eran sus compinches en busca del fraudulento sueño americano, hoy le echen de sus casas. Ya no es uno de ellos, pero el deseo sigue siendo el mismo.

Consciente de sus sombras e inexactitudes, sigo pensando que Arthur Schopenhauer es el filósofo que mejor y con más acierto ha profundizado en el ser humano. Desde Merrill al personaje de Massimo Girotti en Teorema (Pier Paolo Pasolini, 1968), desde cada uno de los cuatro estamentos de poder descritos en Saló o los 120 días de Sodoma (Pasolini, 1976) a la mayoría que vota por su paga extra en Dos días, una noche (Jean-Pierre y Luc Dardenne) encontramos al hombre dibujado por Schopenhauer. Es decir, desde el clásico patrón esclavista al esclavo que se adhiere al consumismo para seguir siéndolo.

Recientemente hemos asistido una vez más al bochornoso espectáculo de los medios de comunicación analizando tragedias. Morbo, historias truculentas y relatos macabros que se atreven a calificarlos de información. En definitiva, basura con altísimos índices de audiencia que compite con el cotilleo más cutre. Todo es entretenimiento generado para que olvides durante tus horas de ocio y no pienses en quién eres. Así, el resto del día podrán seguir explotándote como a un animal de granja. 

¿Por qué hablo de todo esto? Para llegar a Ferrara y a Pasolini. En su última película hasta la fecha, el director de The addiction profundiza en el escritor, cineasta y poeta italiano, y lo hace desde la esencia de la creación, desde cada uno de los ámbitos en los que Pasolini fue libre, en los que dejó impresa su visión del mundo, un aviso imprescindible para reaccionar ante lo que sucede a nuestro alrededor y obras para seguir dudando de todo aquello que provoca la mercantilización del ser. Un discurso que por desgracia parece que ha sido ignorado en la actualidad.


Mientras Merrill nada por el río Lucinda descubre la muerte de esa promesa zafia y banal llamada sueño americano, que hoy ya se aplica, con las modificaciones oportunas, a todos aquellos países que pueden permitirse adorar emociones artificiales.

Por Miguel Suárez
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