"Cheap Thrills": "Glengarry Glen Ross" en nuestros días


Si hoy revisáramos el libreto de Glengarry Glen Ross, la obra escrita por David Mamet, probablemente acabaríamos muy cerca de Cheap Thrills, de E.L. Katz. El grado de desesperación humana se ha incrementado de forma proporcional a la agresividad del sistema. En el filme de Katz, dos hombres llegan hasta el límite por conseguir dinero, aceptando un truculento juego planteado por el poseedor de la riqueza. Rendirse no es una opción cuando la necesidad y la avaricia se convierten en una única realidad. En ese momento nuestro compañero desaparece y se convierte en competencia. De esta forma, el entorno es un espacio de oportunidades donde cualquier método es aceptado siempre que lo puedas justificar con un aumento de tu capital.

Cheap Thrills ganó numerosos galardones en festivales y galas de premios de todo el mundo (Amsterdam Fantastic Film Festival, Boston Underground Film Festival, Chicago International Film Festival, CinEuphoria Awards, Fantasia Film Festival, Fright Meter Awards, Indiana Film Journalists Association, Festival de cine fantástico de Málaga, SXSW Film Festival...) y estuvo presente en la sección oficial del festival de Sitges. Llegó a nuestro país a finales del año pasado, pero en muchas comunidades no fue fácil encontrarla en las salas de cine y hubo que esperar a su estreno en plataformas de vídeo bajo demanda y formato doméstico.


La espera valió la pena, ya que la obra de E.L. Katz es una de las críticas más feroces y necesarias al modelo que actualmente padecemos. Un sádico juego del que podemos salir, pero al que en el fondo estamos atados por nuestros instintos primarios. David Koechner les asegura a los dos perdedores que compiten para él que su puerta está abierta. Pueden irse y olvidar el dinero. Algo muy similar sucede con los vendedores de Glengarry Glen Ross, donde Alec Baldwin y Kevin Spacey también les ofrecen la misma solución. Tienen la posibilidad de dejar su trabajo, no aguantar sus gritos, no humillarse, pero entonces no comerán, no tendrán seguro médico (es EEUU) y volverán arrastrándose por un sueldo cada vez más mísero. La competencia, la división entre los esclavos, es lo que en ambas películas provoca que no se pueda abandonar. No se juntan, no deciden enfrentarse a sus explotadores. Aceptan el juego.

En el inicio de ambas películas se encuentran necesidades elementales, desde evitar un desahucio a la alimentación básica. Sin embargo, a estas se añade la promesa de obtener un Cadillac, en el caso de Glengarry Glen Ross, o más dinero del que se necesita, en Cheap Thrills. Es decir, necesidad y avaricia se dan la mano. Es el instante en el todo pierde sentido. Se siguen aceptando latigazos a cambio de objetos banales, caducos e innecesarios, obligándonos a ser cada día más necios, más esclavos.
Por Miguel Suárez
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