Walesa, Danton y los grilletes actuales


A comienzos de este año, tras pasar por Venecia, Valladolid y Toronto, llegaba a las salas españolas la nueva película del maestro Andrej Wajda, Walesa, la esperanza de un pueblo. La obra analiza la lucha del líder polaco Lech Walesa en defensa de los derechos humanos que le llevó a ganar el Premio Nobel de la Paz en 1983. Wajda opta por hablar de la persona y no del mito, de un ser en el que podemos reconocer debilidades y que en definitiva representa una visión honesta del hombre en busca de la libertad.

De la misma forma que Danton regresa en la también fascinante obra de Wajda a una Francia que él ayudó a crear y de la que hoy se avergüenza, Walesa decide enfrentarse a unos dogmas que afirman pensar en el ciudadano mientras lo reducen a un elemento productivo. Un sistema que prometía el progreso del individuo acababa esclavizándolo para saciar los deseos de una minoría gobernante.

Tanto los defensores del comunismo como del liberalismo salvaje que hoy padecemos aseguran en sus discursos que bajo su mandato el ser humano por fin podrá desarrollarse. Una promesa que nunca se cumple. En ambos casos el creador es arrinconado y la llamada clase media se convierte en una masa homogénea que deja de preguntarse acerca de su propia naturaleza. 

De un día para otro aquellas palabras que nos inspiraban se convierten en leyes restrictivas y la libertad que íbamos a disfrutar se transforma en consumismo. Al final, no hay pensamiento, no hay crítica, sólo nos queda el instinto de supervivencia y la palabra solidaridad desaparece del diccionario. Antes, este tipo de términos eran borrados por un gobierno tecnócrata en defensa de la utilidad, como sucede en Alphaville, de Jean Luc Godard. Actualmente son eliminados por la propia sociedad civil junto con grandes cantidades de libros y sustituidos por cualquier objeto de moda.

En el fondo Walesa y Danton sabían que los que hoy les apoyan, mañana pueden estar arrojándoles piedras. Aunque quizá no imaginaban que los propios ciudadanos una vez libres se colocarían a sí mismos las cadenas. Los grilletes del consumismo son todavía más difíciles de romper.

Por Miguel Suárez
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