Sorrentino: un presente oscurecido por el futuro


El cine de Sorrentino comienza en la segunda mitad de La dolce vita, de Federico Fellini, cuando el modelo de Steiner se hunde y desaparece todo lo que representaba para Marcello. En ese desierto sin referentes en el que se ha convertido Europa, poblada por el espectáculo basura en todos los ámbitos, es donde se encuentran los personajes de Paolo Sorrentino. Seres que vagan por la resaca del modernismo. Un golpe de realidad frente al artificial relato histórico actual, lleno de falsos héroes idolatrados por la masa. 

El desierto europeo se amplía en su último filme, La juventud, donde el pasado adquiere una dimensión bella e inalcanzable que ilumina un presente oscurecido por el futuro. Sorrentino se mueve en ese espacio donde los conceptos de bien y mal desaparecen en favor de los dilemas y dudas que conforman el ser humano real. Al mismo tiempo, es consciente de que el hombre y la mujer reales están en peligro de extinción, ya que la falta de preguntas sobre uno mismo ha provocado el nacimiento de prototipos humanos diseñados por las corporaciones más rancias y chabacanas.

Antonio Pisapia es el nombre que comparten dos hombres, un cantante y un futbolista, en la primera película de Sorrentino, L'uomo in più. Son personas que han vivido bien gracias a la industria del entretenimiento. Sin embargo, han comenzado un descenso a los infiernos que ya no remontará. En sus acciones vemos las carencias y los grandes defectos que reconocemos hoy en nuestra sociedad, pero también la desesperanza de aquellos que encuentran dichos errores y que deben asistir a un decadente espectáculo que no pueden detener.

Al igual que el nadador encarnado por Burt Lancaster en la obra de 1968, Sorrentino lanza a sus personajes a un mundo que les ha influido y transformado, pero al que ya no pertenecen. Ahí se encuentra La gran belleza. Jep Gambardella observa a los suyos, a quienes le acompañan en las fiestas de los áticos de Roma, a la vez que pasea por la ciudad eterna y se arrastra recordando aquel arrebato que no sabe si volverá. 

Él es medianamente feliz en ese mundo. Trata su fracaso como intelectual con ironía y alcohol, y ve al común de los mortales con cierto respeto pero sin envidia. Aún y todo, hay dos cosas que no puede olvidar: su primer amor, que cada día le visita representado en un gran mar azul en el techo de su habitación, y la pregunta de por qué no consiguió escribir otro libro. La ausencia de la gran belleza es para Gambardella su justificación para no volver a crear. De esta forma, vaga como un fantasma por el corazón de Roma, una estrella que se ha apagado y necesita luz artificial para brillar, como Donald Sutherland bajando las escaleras al final del Casanova de Fellini. Ambos sobreviven en épocas ajenas a sí mismos y rememoran melancólicos la Italia juvenil de la que siguen enamorados.

La comparación con Fellini puede parecer algo tópica desde que Sorrentino dirigió La gran belleza. Sin embargo, la mayor parte de las buenas películas actuales comparten la esencia de muchas obras del director de Amarcord. Todas ellas albergan individuos en busca de aquello que fueron en otra época al ser agredidos por las poderosas garras de la banalidad. En definitiva, son Ginger y Fred bailando en un desagradable plató de televisión.
por Miguel Suárez
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