De Woody Allen a William S. Burroughs: las letras tras la sangre


Abe (Joaquin Phoenix) ha perdido la esperanza en el valor pacífico de las palabras como fuente del pensamiento crítico. En una universidad burguesa enamorada de clichés superficiales, Abe da tumbos entre vasos de whisky y experiencias sexuales frustradas con alumnas y profesoras. Solo la posibilidad de saltar del plano teórico en el que ha vivido toda su vida da un sentido a su existencia y, aunque suponga asesinar a un juez, está convencido de que ese es el único camino posible frente a los abusos del poder y las injusticias.

En Irrational man, Woody Allen parte de sus profecías cumplidas, como los efectos de la banalidad mediática a la que nos abocan los supuestos profesionales de la comunicación (algo que ya era puesto de relieve en su excepcional Manhattan), y de su visión acerca del azar para crear un cínico espejo en el que se refleja la hipocresía de esa sociedad que juzga mediante leyes que jamás se aplica a sí misma.

Sin defender a Abe como un héroe y con Dostoievski como telón de fondo, Allen presenta un filósofo que se autodestruye incapaz de encontrar su función cuando el conocimiento deja de ser una prioridad para el mundo. Como si se tratara de un William S. Burroughs actual, una acción violenta impulsa de nuevo su creatividad. A diferencia de Burroughs, Abe perpetra el crimen de forma consciente y con una presunta justificación moral, pero el resultado en el ámbito artístico es similar al del autor de El almuerzo desnudo. No se trata de apología del crimen, es simplemente la consecuencia de un escenario violento donde las palabras han sido marginadas.
Miguel Suárez
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