“Sé muy bien lo que pensaba Kierkegaard, pero a fin de cuentas él era cristiano. ¿Qué consuelo sería ese?”



La frase de Irrational man (Woody Allen, 2015) con la que titulo este texto me recuerda a lo que debió sentir Pier Paolo Pasolini cuando, tras dirigir su gramsciana Trilogía de la vida, descubrió que los espectadores, a pesar de haber respaldado su trabajo en taquilla, se dirigían en masa a la esclavitud del consumismo. Dicho esto, yo sí creo que Kierkegaard ofrece un cierto consuelo, ya que da algunas claves necesarias para profundizar en nosotros mismos y descarta del mismo modo que Pasolini o Allen los caminos de una utopía artificial.

En un momento donde el ser humano ha pasado a un segundo plano en las decisiones vitales que toman las autoridades de nuestros países es imprescindible reivindicar a los pensadores que apostaron por detener el tiempo y plantear cuestiones fundamentales. No podemos seguir aplicando sentencias sin antes definir con el máximo rigor posible qué opinamos de nuestra especie, de aquellos que cada día se cruzan con nosotros por la calle y que, a pesar de lo que digan algunos, no solo son competencia.

Hace tiempo que se impone la peor censura posible, la que opta por colocar un best seller insípido en las estanterías delante de aquello que no debe ser leído. Debemos mirar más allá de la primera fila y encontrar alternativas a esa bestia que nos ahoga a cambio de unos segundos de entretenimiento banal.

por Miguel Suárez
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