Colaboración. Del "brexit" al 26J


Por Jaime Aznar*

En las pasadas elecciones generales del 26 de junio, cerca del 72% de los electores se decantó por formaciones abiertamente europeístas. Conservadores, liberales y socialdemócratas han contribuido a ahuyentar el fantasma de la eurofobia, aunque eso sí, con enfoques diferentes. Puede afirmarse que nuestra sociedad no contempla la opción dar pasos atrás para afrontar el futuro.

Ante el vuelco político-económico experimentado en el Reino Unido, una buena parte de los votantes mostraron su preocupación en las urnas. Tanto el resultado electoral del 26J como las reacciones de Escocia, Irlanda del Norte o la propia Londres, desmontan buena parte de los argumentos euroescépticos utilizados en nuestro país. Es cierto que las actuales condiciones morales y materiales dificultan una adhesión entusiasta del proyecto de la Unión, los refugiados son buena prueba de ello, pero no terminan con el sentimiento europeísta que parece haber cobrado una nueva vida. En pocos meses hemos pasado del fatalismo holandés y su desastroso referéndum del mes de abril, a las más de tres millones de personas que ya han pedido una nueva consulta en tierras británicas. Éste último es quizás el síntoma más interesante. Conocido como Regrexit dicho fenómeno comenzó con una petición al Parlamento respaldada por solo 22 firmas, y en cuestión de días, desbordó cualquier tipo de previsión. Recuerdo ahora las palabras de Pablo Iglesias como resultado del Brexit: “De una Europa justa y solidaria nadie querría irse”. Cierto pero, ¿cómo explicamos esta avalancha de peticiones, formuladas incluso por votantes arrepentidos? ¿Por qué la gente querría permanecer en un club tan injusto y carente de escrúpulos? El abuso del argumento europeo se ha vuelto definitivamente contra sus muñidores. Cuando los electores huyen de siglas y programas disgregadores, es tiempo de revisar determinadas estrategias.

La línea que separa el alter-europeísmo de la eurofobia es extremadamente fina, ya que la decepción de la primera aboca inevitablemente a la segunda. Italia, un país con el que tenemos similitudes sociopolíticas incuestionables, es el mejor ejemplo. El Movimiento 5 Estrellas, que también se definió como revulsivo frente a la dialéctica entre izquierdas y derechas, ha seguido un camino similar al populismo español. Su reciente triunfo en Roma o Turín confirma el desencanto de los núcleos urbanos, evidenciando una fractura más generacional que ideológica. Al igual que la polémica votación de febrero en el Parlamento Europeo, dónde Podemos e Izquierda Unida apoyaron la creación de un mecanismo para abandonar el euro, los de Beppe Grillo acaban de plantear su ruptura con la moneda común. Bajo la premisa de “necesitamos tener divisas nacionales o un tipo de Euro 2”, se nos presenta el falso debate de la renovación, de la alternativa envenenada. Algo parecido trató de inocularse en nuestro país cuando algunos vendían la salida del euro como un pasaporte feliz a la devaluación, al aumento de las exportaciones y la salida automática de la crisis. Es hora de admitir la inutilidad de respuestas re-nacionalizadoras en plena globalización, de la “desobediencia” predicada por Miguel Urbán ante responsabilidades comunes. En una crisis de carácter internacional no hay burladero en el que esconderse. Los españoles parecen haber entendido la diferencia, aunque tampoco debemos ponerlos a prueba más de la cuenta.

Durante esta campaña el socialista Jordi Sevilla definió muy acertadamente este fenómeno, al identificarlo con cierto tipo de pensamiento mágico. El peligro de espejismo se ha ido incrementando en los últimos años, basado en un movimiento sentimental que como el romanticismo del siglo XIX, se opone al inexorable paso del tiempo, a la transformación de escenarios remotos y cercanos.

*Doctor en Historia
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