El arte todavía piensa en la verdad


En una época donde triunfa la apariencia artificial frente a las emociones reales supone toda una hazaña encontrar una obra que hable de la verdad o, al menos, de esa parte que podemos alcanzar de ella. Tres recuerdos de mi juventud, de Arnaud Desplechin, es esa obra, un relato que avanza siempre en lo más interno de los personajes, dándonos a conocer seres auténticos que, por suerte, huyen de la extendida moda del empalagoso amor de superproducción.

Hablar de la verdad era un tema polémico cuando se debatía de este tipo de cosas. Pocas discusiones versan ahora acerca de si existe una verdad hacia la que tender en nuestros actos. Sin embargo, cada vez que escuchamos reivindicaciones sobre la justicia, la libertad o los derechos humanos no se hace tratándolos como simples medios de un acuerdo entre clases para poder vivir todos de la mejor manera posible, sino como conceptos innatos a nuestra especie. Por lo tanto, poco sentido tiene jugar a ser escépticos si después en nuestra lucha diaria hacemos referencia a algo más profundo, que no es biológico, pero que sí consideramos real.


Cuando Pat Garrett en la gran película de Sam Peckinpah se pone del lado de la ley transforma la justicia en un simple medio para obtener un sueldo. No se equivoca Peckinpah al plantear esta noción de justicia, es probablemente la que impera hoy en muchos estados, no obstante, esto no quiere decir que responda a lo que internamente creemos que debería ser la justicia. 

En conclusión, el arte nos recuerda que existen realidades comunes que van más allá del frío acuerdo entre ciudadanos y que tienen fuerza gracias a que en el fondo todavía sentimos que emergen de la verdad.
por Miguel Suárez
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