Sobrevive

El cine que analiza la lucha del ser humano contra las bestias que habitan en la naturaleza ha alcanzado en los últimos años una nueva edad dorada gracias a las obras de Andrew Traucki. The reef o Black Water (dirigida con David Nerlich) son dos ejemplos de películas con protagonistas que consiguen transmitir miedo, desesperación y dolor en su enfrentamiento contra el animal, que, a diferencia de lo que ocurre en otras obras, ya no se juzga como el mal en sí mismo, sino como un ser movido por instintos.

Este subgénero también ha ofrecido otros buenos ejemplos como la reciente Backcountry, de Adam MacDonald. El magistral trabajo del canadiense añade una variante respecto al cine de Traucki, ya que juega con el espectador incluyendo al comienzo del filme un personaje, interpretado por Eric Balfour, que entre bromas intimida aparentemente a la pareja protagonista. Aunque el terror llega por la aparición de un oso hambriento, la amenaza que representa Balfour parte de la misma idea que, por ejemplo, Deliverance, de John Boorman: el descenso al infierno de la violencia entre seres que comparten especie.

Es absurdo intentar combatir a una bestia con sus mismas armas. Siempre estará más preparada que nosotros en el enfrentamiento físico. Sin embargo, todas las películas citadas hasta ahora dejan a las víctimas abandonadas en medio de la naturaleza, allí donde la defensa intelectual no tiene cabida y lo salvaje se adueña del pensamiento y lo convierte en instinto. Algunos argumentarán que para estas ocasiones los seres humanos han creado las armas, pero como todos sabemos rara vez se utilizan como defensa. Son máquinas para atacar y someter. Llegados a este punto, debemos plantearnos si existe esa supuesta conversión del intelecto en pulsiones o si desde el principio ya somos voluntad, como describía Arthur Schopenhauer.

¿Quién es el verdadero peligro de Jaws, de Steven Spielberg? ¿El tiburón o el alcalde? Uno se mueve honestamente por su apetito, mientras que el otro intenta ocultar su avaricia. La diferencia entre ambos es que, siguiendo la lógica de la película, cualquier escualo provocaría una carnicería similar, pero no todo vecino de Amity presenta la mezquindad del alcalde. Ahora bien, a grandes rasgos Spielberg decide desarrollar tres personajes principales: los héroes (Brody y compañía), los monstruos (tiburón y alcalde) y la masa. De la misma forma que sucede en The Chase, de Arthur Penn, hay una parte, la masa, que no representa el bien, pero tampoco el mal. Ahí es donde no podemos refutar a Schopenhauer. Son personas movidas por un interés banal a corto plazo sin reflexión alguna y sin nada en su interior que las detenga.

Esto nos hace pensar si tendríamos que perdernos en el bosque o en el océano para vivir el enfrentamiento con un instinto violento o si todavía es más terrorífica la jungla de Glengarry Glen Ross, ideada por David Mamet, o la de La loi du marché, de Stéphane Brizé, en la que vivimos hoy en día. Aún y todo, para ser justos, quizá el heroico jefe de policía Brody no exista, pero sí existen Mamet, Brizé, Boorman y Spielberg.
por Miguel Suárez
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