Los salvajes

 
Hace unos días escribía un texto en este mismo medio en el que analizaba el enfrentamiento entre el ser humano y las bestias del mundo actual, donde se da una relación entre el cine de supervivencia y la filosofía de Arthur Schopenhauer. Hoy quiero referirme de nuevo a lo salvaje, pero desde un punto de vista diferente, como esencia de la persona sin contaminar.

El maestro Pier Paolo Pasolini representa en su Trilogía de la vida la naturaleza humana como un punto de partida excepcional para el progreso frente al fraude consumista. A esta idea del salvaje debemos agregar otra fundamental, la de la creación artística, alma de nuestra expresión y crecimiento. Por eso, cuando Abel Ferrara dirige su reciente Pasolini, dedicada a la última noche del cineasta, no puede obviar los proyectos que iba a sacar adelante. Además, su obra literaria incompleta, de la que han desaparecido varios fragmentos, parece la clave del asesinato.

Poco antes de presentar en Venecia el citado filme, Ferrara estrena Wellcome to New York, una dura visión de los abusos sexuales de Dominique Strauss-Kahn, el monstruo contemporáneo más mediático. Me refiero a él como mediático porque me parece imprescindible diferenciar el trabajo de los medios de comunicación de lo que hace cine. Mientras que televisiones y diarios se dedicaron a incidir en los aspectos más morbosos del asunto, Ferrara, sin ocultar absolutamente nada al público de los vicios del ex director gerente del FMI, desarrolló una obra reflexiva y un espejo incómodo para el espectador. En una de las escenas, Gerard Depardieu (Strauss-Kahn) repasa los acontecimientos que le han llevado a esa situación, nos cuenta que el ser salvaje fue muriendo en su interior y ganando protagonismo la bestia sobre el asfalto.

Ese monólogo me recuerda a la conversación del hijo del profesor Borg con su esposa en Fresas salvajes, de Ingmar Bergman, cuando describe su amarga visión del futuro y defiende que ya no existe ninguna razón para seguir trayendo seres a nuestro planeta. Con este panorama, podemos pensar que tenía sus razones Pier Paolo Pasolini para, después de abrazar el cine popular gramsciano, dirigir Saló, o los 120 días de Sodoma.

A pesar de su desencanto, no debemos olvidarnos tampoco de que él seguía escribiendo, tenía un nuevo filme en proceso y aún creía que la inocencia salvaje podía modificar el desolado presente. Pero lo mataron antes de que esto fuera posible y el mundo se transformó en Fausto* precipitándose a un lago abrazado a Margarita, abriendo las puertas de su propio infierno. El hombre salvaje, el intelectual total, acabó mutilado en una playa por pretender salvar a una humanidad a la que amaba. 
por Miguel Suárez

*El texto hace referencia a la escena de la película dirigida por Aleksandr Sokúrov
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